«Hacer la cama puede convertirse en ese pequeño interruptor que le dice al cerebro que la noche ha terminado y que el día empieza»

Hacer la cama puede parecer una tarea mínima, casi automática, de esas que repetimos sin pensar antes de salir de casa. Sin embargo, detrás de este gesto tan sencillo puede esconderse algo más profundo: una manera de ordenar no solo el dormitorio, sino también la mente. Al menos así lo explica la psicóloga Ana Sierra, para entender por qué algunas rutinas pequeñas tienen tanto impacto en cómo empezamos el día.

Según la experta, no es tanto la tarea en sí lo que importa, sino el significado que adquiere cuando se repite cada mañana. “Nuestro cerebro presta mucha atención a las señales repetidas. Las pequeñas rutinas pueden convertirse en lo que llamamos anclajes conductuales, es decir, acciones que el cerebro asocia a determinados estados mentales”, explica Sierra. 

Hacer la cama como señal de que empieza el día.

Para Ana Sierra, hacer la cama puede funcionar como un “marcador psicológico de transición”. Es decir, como una señal que ayuda al cerebro a cerrar una etapa —la noche, el descanso, el sueño— y abrir otra: la actividad, la concentración, el día.

“Nuestro cerebro está constantemente interpretando señales para saber qué estado debe adoptar”, explica. Y añade: “Igual que la luz del amanecer le indica al organismo que es momento de activarse o la oscuridad favorece la liberación de melatonina, algunos rituales cotidianos ayudan a señalar que una etapa termina y otra comienza”.

Por eso, este hábito puede tener más fuerza de la que parece. “Hacer la cama puede convertirse en ese pequeño interruptor que le dice al cerebro: ‘la noche ha terminado, el día empieza’”, resume la psicóloga.

Un gesto pequeño que puede dar sensación de control

En momentos de estrés, incertidumbre o saturación mental, completar una tarea sencilla al empezar la mañana puede ayudar a recuperar una pequeña sensación de control. No porque solucione los problemas, sino porque nos recuerda que sí podemos actuar sobre algo inmediato.

“Puede reforzar algo muy importante, la autoeficacia; es decir, la sensación de que somos capaces de actuar sobre nuestro entorno”, afirma Sierra. “Cuando completamos una tarea sencilla al comenzar la jornada, enviamos a nuestro cerebro un mensaje implícito: ‘soy capaz de actuar’. Parece algo pequeño, pero en momentos de incertidumbre puede resultar especialmente valioso”.

La repetición también calma

Otra clave está en la repetición. Las rutinas conocidas aportan previsibilidad, y la previsibilidad suele ser tranquilizadora para el sistema nervioso. “El cerebro consume mucha energía anticipando lo que puede ocurrir. Cuando existen rutinas conocidas, disminuye parte de esa incertidumbre”, explica la psicóloga.

Por eso, rituales cotidianos como hacer la cama, abrir las ventanas o preparar una infusión pueden actuar como pequeños puntos de estabilidad. No se trata de llenar la mañana de obligaciones, sino de encontrar gestos simples que nos ayuden a entrar en el día con más calma.

Ordenar la cama también puede ser una forma de atención plena

Ana Sierra insiste en que la atención plena no tiene por qué limitarse a sentarse a meditar. También puede aparecer en actividades cotidianas si las hacemos con presencia. “Si hacemos la cama prestando atención a los movimientos, a la respiración o a las sensaciones corporales, estamos transformando una tarea automática en una práctica de presencia consciente”, señala. “La atención plena no consiste en añadir más tareas al día, sino en transformar gestos cotidianos en momentos de presencia”.

¿Puede ayudar si tenemos ansiedad por las mañanas?

Para muchas personas, la mañana es un momento especialmente vulnerable. La mente se adelanta a todo lo que queda por hacer, aparecen preocupaciones y la ansiedad nos empuja hacia el futuro. 

“La ansiedad suele llevarnos hacia el futuro, a lo que tengo que hacer, lo que podría salir mal o lo que aún no he resuelto”, explica Ana Sierra. “Un gesto sencillo y concreto nos devuelve al presente y nos ofrece un primer objetivo alcanzable, antes de enfrentarnos a todas las demandas del día”.

Volver a casa y encontrar la habitación ordenada

El efecto no termina por la mañana. También puede notarse al volver a casa. Ver la habitación ordenada reduce el ruido visual y, con ello, parte de la carga mental. “Cuando existe mucho desorden visual, el cerebro tiene que procesar más estímulos simultáneamente”, explica la psicóloga. A esto lo llama carga cognitiva: la cantidad de información que gestionamos mentalmente. “Para muchas personas, volver a una habitación ordenada supone una sensación inmediata de alivio porque reduce parte de ese ruido visual y mental”, añade.

Cuidar la casa también cambia la relación con el espacio

Hacer la cama no solo ordena una estancia. También puede modificar la forma en que nos relacionamos con nuestra casa. “Transforma un lugar que simplemente utilizamos en un lugar que también cuidamos”, afirma Sierra.

La psicóloga recuerda que las personas desarrollamos vínculos con los espacios que habitamos. Por eso, los pequeños gestos de cuidado cotidiano pueden aumentar la sensación de pertenencia, conexión y refugio. “En cierto modo, dejamos de relacionarnos con la casa únicamente desde la funcionalidad y empezamos a relacionarnos con ella desde el cuidado”, explica.

Cuando deja de ser autocuidado y se convierte en autoexigencia

Eso sí, la experta advierte de algo importante: hacer la cama no debería convertirse en una nueva fuente de presión. La diferencia entre autocuidado y autoexigencia está en la flexibilidad. “El autocuidado genera bienestar; la autoexigencia genera presión”, afirma.

Si hacer la cama ayuda a empezar mejor el día, puede ser una práctica saludable. Pero si no hacerla genera culpa, sensación de fracaso o exigencia, el hábito pierde su sentido. “Probablemente hemos dejado de utilizar el hábito como una herramienta de bienestar para convertirlo en una obligación más”, señala.

Fuente: elmueble.com