En el ser humano existe invariablemente la necesidad de no sentir culpa. Ante nuestros errores, y ser juzgados a veces muy duramente por las principales figuras de nuestra vida, creamos una respuesta automática para defendernos ante los señalamientos ajenos.

La gran mayoría de las personas sabemos perfectamente cuando cometemos un error, cuando nuestra conducta afecta la vida ajena. Excepto quizás en personas que realmente no sienten ningún remordimiento.

El remordimiento es necesario para modificar la conducta equivocada. Es decir, en algún momento de nuestra crianza, haber sido corregido correctamente. ¿Qué significa eso? Que, si bien es cierto, que vivir sintiéndonos culpables por casi todo lo que no es aceptado por los demás, es neurótico; también es un hecho, que una buena corrección a tiempo nos enseña a componer los errores. Y pasar del arrepentimiento sin asumir el cambio, a un acto de contrición, que significa comprender el daño hecho y decidirse a no reincidir en el comportamiento equivocado.

Un cierto grado de culpa y vergüenza son necesarias. ¿Cómo podríamos convertirnos en personas más sanas, sin asumir que a veces fallamos y mucho?

“Dar la cara” es necesario. Encontrar el punto medio donde podamos decir las cosas basándonos en los hechos. Sin intentar justificar nuestras fallas o errores. “Es que a mi no me enseñaron como”, “Que tanto es tantito”, “No llegué a tiempo porque se quemó el camión donde venía”, “Es que se murió mi abuelita” …

Es indispensable aceptar que no sabemos todo, que no tuvimos mas apoyo, cariño, protección, amor. Que si hay una razón por la que no podemos responder adecuadamente. Eso es un hecho. Sin embargo, utilizar esa justificación para no esforzarnos más, y no aprender a corregir las conductas más perjudiciales en nuestra vida, nos impide evolucionar. E irnos convirtiendo en mejores personas.

La evolución del ser humano solo es posible, cuando, cada persona se hace responsable de su vida, esto implica el cuidado de su persona en todas las áreas del desarrollo humano, física, mental, emocional y espiritual. Y esto solo ocurre cuando somos capaces de vernos como realmente actuamos. “es que yo soy una buena persona” decimos, pero ¿tus conductas confirman eso?

Aceptar nuestro error, ofrecer una disculpa, corregir la misma, evitar volver a fallar. Pero sobre todo convertirnos en eternos aprendices. Pasar de la condición de la eterna víctima, que encuentra la justificación constante ante lo que no corrige, a convertirnos en un verdadero hombre o mujer, valiente y valeroso que se reconoce imperfecto, pero que busca la luz, la autorrealización personal.

El sufrimiento viene para quien, no sabe hacerse cargo de sus conductas, mucho menos de sus consecuencias.