Recientemente atendí a una madre de familia que tiene serios problemas con una de sus hijas. Al parecer su hija no la respeta, le echa en cara que quiera controlar su vida y que cuestione sus decisiones o valores.
Al parecer esta madre de familia ha querido mantener su lugar en la vida de su hija como si esta fuera una pequeña bebé. Y por supuesto, la hija se rebela, como está harta de este control se volvió muy grosera y desafiante.
Pero la pregunta es… ¿Esta madre hace lo correcto o no?
Toda madre es el origen de la vida de sus hijos, desde que nacen debe alimentar, cuidar, proteger y guiar desde el amor. Pero cuando esa madre se pasa de protectora o permisiva, cualquiera de las dos cosas, está favoreciendo alguna clase de abuso y/o rebeldía en sus hijos. Cuando la madre no suelta a tiempo a un hijo, le da todo sin medida -como dice la canción de José José- alienta en el hijo la irresponsabilidad, el orgullo y de alguna manera la idea de que todo se lo merece. Por un lado, esa madre le enseña a recibir en gran medida a cambio de dejarse controlar, pero tarde o temprano, los hijos se enojan si no se les deja ser. Lo paradójico es que en lugar de agradecer todo lo recibido, lo toman como necesario, pero sin la parte de reconocerlo. Se vuelven hijos desafiantes, caprichosos y sin empatía hacia sus padres.
Los hijos de madres permisivas están en el otro lado, se les deja hacer lo que les viene en gana, sin reglas claras, mucho menos límites. Se vuelven como pequeños grandes tiranos que explotan el amor de sus padres, y poco o nada devuelven en apoyo o agradecimiento.
Las buenas madres deben ser exigentes, pero no tiranas. Mostrar el camino con disciplina firme y reglas claras. Dejar que sus hijos tengan las consecuencias de cumplir o no. Sin sacrificar su amor. Enseñar con ternura que también merecen respeto y reconocimiento. A veces las mamás temen hacer sentir mal a sus hijos. Pero es necesario cuando ellos no asumen sus consecuencias.